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El País, 24.2.00

Los muertos de Pisagua esperan a Pinochet.
El ex dictador chileno figura en once querellas relacionadas con los campos de detención en el norte del país, en los que se fusiló a decenas de presos políticos.
FRANCESC RELEA, Iquique

La carretera serpentea en un descenso vertiginoso desde el Alto de Hospicio, a 500 metros sobre el nivel del mar, hasta llegar a un pequeño puerto de pescadores sobre el Pacífico. Apenas dos centenares de habitantes viven en este lugar del fin del mundo, en el extremo norte de Chile, Pisagua. Un refugio idóneo para amantes del mar, la tranquilidad y el buen pescado que arrastra un pasado ligado a las páginas más negras de la historia chilena. En distintos periodos, los militares utilizaron este enclave marítimo como campo de concentración para opositores políticos. El más siniestro empezó el día después del golpe de Augusto Pinochet. Los graves atropellos que allí se cometieron planean sobre el ex dictador en vísperas de su retorno a Chile. Pisagua es, después de la caravana de la muerte, la principal causa por la que Pinochet podría ser juzgado en su país.

La geografía proporciona a Pisagua todos los requisitos para ser un centro de detención perfecto. Está situada en una ensenada cerrada por colinas bastantes altas, de la que es imposible escapar. Por tierra sólo hay desierto. Aislada de las grandes ciudades, se encuentra a medio camino entre Arica e Iquique. Haroldo Quintero, uno de los presos de Pisagua, condenado a muerte y después a cadena perpetua, la describe como "una cárcel natural".

Lo tuvieron fácil en el golpe del 11 de septiembre de 1973 los militares en Iquique, sede de una de las divisiones más grandes del Ejército, con una población en aquella época de 80.000 habitantes, donde casi todos se conocían entre sí. Los golpistas tenían en sus listas los nombres de los dirigentes de los partidos de izquierda. Las delaciones y chivatazos hicieron el resto. En cuestión de horas, la hipotética resistencia al golpe quedó descabezada y confinada en el campo de concentración. El día anterior, los residentes de Pisagua y los presos de la cárcel fueron evacuados.

Un millar de antipinochetistas de Iquique, Arica y de ciudades más alejadas como Valparaíso (varios centenares de detenidos fueron trasladados a bordo del buque Maipo) pasó por Pisagua entre 1973 y 1974. Más de 25, según cifras oficiales, fueron fusilados. "Murió más gente, estoy seguro", dice Quintero, profesor universitario, socialista y compañero de celda de Freddy Taberna y José Sampson, dirigentes locales del Partido Socialista que fueron fusilados. "Todas las noches oíamos disparos. Muchos familiares nunca reclamaron los cuerpos, por miedo".

Quintero recuerda con terror a los carceleros de Pisagua. Algunos siguen en activo en el Ejército. Como el coronel Conrado García: "Un obseso, un enfermo mental, que es famoso en Iquique. El loco García, le llaman. Nos contaba su participación en los pelotones de fusilamiento y cómo morían los ejecutados. 'Eso les va a pasar a todos, ¡traidores de la patria!', gritaba como un energúmeno. Era la caricatura del soldado nazi". Otros viven tranquilos su jubilación, como el oficial Renato Núñez, que estuvo un año en Pisagua y que, según varios testigos, integró un pelotón de fusilamiento, estuvo infiltrado entre los presos y fue guardia personal de Pinochet.

El caso Pisagua tiene especial relevancia en la batalla judicial que se prepara en Chile ante el eventual regreso de Pinochet. Once de las 58 querellas criminales presentadas contra el dictador se fundamentan en crímenes cometidos en aquel campo de concentración. "Pisagua está muy presente en el colectivo del país", opina el abogado Adil Brkovic, patrocinador de varios pleitos. "Aquí se mató a gente muy conocida de Iquique, aquí no se mató a subversivos, sino a gente que cumplía funciones públicas y que estaba integrada a la sociedad. Pisagua demuestra que opera la justicia militar, que hay una planificación de las ejecuciones. (...) Se detiene públicamente, se les lleva a un campo de prisioneros y se inicia un proceso de selección de quién va a morir".

A través de bandos insertados en la prensa local, los militares daban cuenta de la muerte de presos de Pisagua, por "fusilamiento-juicio militar en tiempo de guerra" o en aplicación de la ley de fuga amparada por el Código de Justicia Militar. Los comunicados llevaban la firma del general Carlos Forestier, jefe de la VI División del Ejército. Su superior inmediato era el comandante jefe del Ejército, general Augusto Pinochet.

Los victimarios nunca entregaron los cuerpos de las víctimas a los familiares. Así pasaron casi dos décadas, hasta que el 2 de junio de 1990 el arqueólogo-antropólogo Olaff Olmos, de 47 años, dirigió una excavación en el cementerio de Pisagua que permitió el hallazgo de 19 cuerpos identificados y otros más sin identificar. La fosa fue localizada gracias al médico Alberto Neuman, ex preso en Pisagua y a quien los verdugos obligaban a certificar la muerte de los fusilados.

El juez Juan Guzmán, instructor de las querellas contra Pinochet, ha realizado el último año varias diligencias en relación al caso Pisagua. Tomó declaración a Mario Vergara, ex alcaide del penal en 1973, quien aseguró que el 28 de septiembre de aquel año un teniente llamado Contador le comunicó haber recibido la orden del mando de Iquique de ejecutar a seis detenidos. La versión oficial es que fueron muertos cuando intentaban fugarse. Vergara declaró que uno de los oficiales a cargo del campo de Pisagua era el capitán Sergio Espinoza Davies, hoy general de brigada e inspector general del Ejército.

Entre julio y agosto pasados, el juez viajó a Iquique, donde interrogó a familiares de detenidos-desaparecidos, miembros de la Iglesia católica, ex prisioneros y antiguos integrantes del Ejército y carabineros. El magistrado había pedido al Ejército antecedentes relacionados con expedientes, sentencias e información de los consejos de guerra en la zona. La respuesta, entregada el 15 de diciembre de 1998 por el subsecretario de guerra y recién nombrado ministro de Defensa, Mario Fernández, señala que la institución "no posee antecedente alguno relativo a las materias consultadas por el señor juez".

"La autoridad de la época reconoció que fueron muertos por fusilamiento, extendió un certificado de defunción y lo publicó en la prensa en los bandos firmados por el comandante de la zona. Y no dicen dónde dejaron los cuerpos. Para mí, la única explicación es que los enterraron en fosas donde hay otros muertos que no han reconocido como tales", dice el abogado Brkovic.

Hoy, el edificio de la cárcel de Pisagua está habilitado como un complejo turístico que incluye un hotel y un museo. "Qué absurdo", lamenta Brkovic, "¿qué pensarían los europeos si alguien instalara un restaurante en Auschwitz?".

Aquel 'tenientillo'

Pisagua fue utilizado como centro de confinamiento por primera vez a finales de la década de los cuarenta bajo el Gobierno de Gabriel González Videla, que tras formar un Gobierno de frente popular acabó declarando ilegal al Partido Comunista (PC). Dirigentes y militantes comunistas estrenaron el campo de concentración, donde estuvo destinado un teniente llamado Augusto Pinochet Ugarte. En 1947, el entonces senador Salvador Allende fue a visitar a los presos políticos. Cuenta un lugareño que el oficial ponía trabas a quien años más tarde sería presidente de Chile. "¿Cómo un tenientillo trata de impedir el paso a un senador de la República? ¡Apártese!", zanjó la cuestión Allende.

Años más tarde, ya en el palacio presidencial de La Moneda, Allende recordó a Pinochet que en Pisagua había un oficial del mismo apellido. "No, yo no era ese oficial", mintió Pinochet. Aquel tenientillo se convertiría poco después en el verdugo de Allende y de miles de chilenos. El propio Pinochet describe en un libro la anécdota, que pone como ejemplo de su astucia.

Pisagua volvió a ser centro de detención en 1955, cuando fueron deportados varios dirigentes del PC, entre ellos Volodia Teitelboim, quien escribió desde allí La semilla en la arena. A partir de la segunda mitad de los años sesenta, Pisagua se transformó en una colonia penal. En eso andaba cuando, en septiembre de 1973, la dictadura pinochetista reabrió Pisagua como cárcel para los opositores políticos. La cárcel fue cerrada a fines de 1974, aunque se mantuvo un retén policial. En los años ochenta, a raíz de las protestas contra la dictadura, se envían confinados a Pisagua procedentes del sur de Chile.

"En la madrugada seré fusilado"

José Rosier Sampson, uno de los presos de Pisagua, mantuvo una breve e intensa correspondencia con su esposa, Juana Berta Trujillo, durante el mes y medio que estuvo detenido. La tarde del 29 de octubre de 1973, escribió en la celda de la cárcel de Pisagua una carta que empezaba así: "Ha sonado el viejo reloj de Pisagua indicando que son las cinco y media de la tarde. He sido notificado que el consejo de guerra solicitó la pena de muerte. No albergo ninguna esperanza". Después de despedirse en un tono dramático de Juana y de sus hijos, añadía en una posdata: "Si entregaran mi cuerpo, cosa que dudo, entiérrame en la tumba de tu familia".

Cinco horas más tarde esbozó estas líneas en un trozo de papel, que entregó a otro preso: "Juanita, único amor de vida. Ya todo acabó. Se terminó mi sufrimiento y calvario. En la madrugada seré fusilado. Me alejan físicamente de tu lado, pero sé que siempre estaré allí en ese hogar, junto a ti, junto a mis cachorros".

Poco después de medianoche, José y otros tres presos fueron llevados frente al pelotón de fusilamiento. Los disparos resonaron en todo Pisagua en medio del silencio de la noche. El certificado de defunción señalaba como causa de la muerte "fusilamiento-juicio militar en tiempo de guerra".

El cuerpo de Sampson nunca fue entregado a la viuda. Los cuatro dirigentes eran dirigentes regionales del Partido Socialista y todos ellos habían sido condenados a 10 años en primera sentencia. Mandos superiores al tribunal obligaron a cambiar la condena: el teniente coronel Ramón Larraín, jefe del campo, por instrucciones del general Carlos Forestier, delegado directo de Pinochet.

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